La naturaleza, que es muy sabia, escogió un día en el calendario para honrar a todas las madres del mundo. Tenía muy claro que ese día tenía que celebrarse en la mejor estación del año, la primavera.
Hiló un manto de flores y lo depositó sobre un enorme tapete verde, solicitó la presencia del sol para iluminar su escenario, las mejores fragancias del mundo abandonaron sus envases para convertirse en el envoltorio de su creación.
La naturaleza, al contemplar su obra, sintió un amor incondicional y juró que dentro de su corazón siempre reinaría la primavera. Conocedora de sus limitaciones trazó un plan para convertir lo efímero en eterno. No podía luchar contra ella misma pues sabía perfectamente que el ciclo debía continuar y tarde o temprano tendría que dar paso al impetuoso verano, rivalizando siempre con el sombrío invierno, pero cuyo poder se desvanecía a medida que despertaba el melancólico otoño.
Sabiamente personificó la perenne primavera en un cuerpo de mujer y la llamó “Madre”. Le concedió el don de la fertilidad para inmortalizarla, haciendo que sus hojas se renovasen por intervalos de vida.
Madre se mostraba siempre agradecida con la vida. Estaba expuesta al ciclo de la naturaleza, sufría con el frío, se desgastaba con el calor, se deprimía con la oscuridad, añoraba la luz, se debilitaba con el paso de las estaciones y no siempre recibía la cantidad suficiente de abono y agua necesaria para su subsistencia. Pero el amor era su motor, amaba a cada uno de sus pétalos, de sus flores, de sus árboles, de sus bosques…. de sus hijos. Cuidaba de ellos y siempre se aseguraba de que la Primavera los envolviera.
Su generosidad era infinita y sincera. No dudaría en dar hasta la última gota de su sangre por sus descendientes. Su corazón les pertenecía. Nunca hubo un ser más puro e incondicional sobre la faz de la tierra.
Madre disfrutaba en familia pero sufría en soledad. Sus penas muchas veces no eran compartidas ni entendidas. Cuando eres locomotora nunca tienes a nadie que te empuje. Las decepciones y los sufrimientos padecidos dibujaban arrugas en su rostro, blanqueaban su cabello y empequeñecían sus ojos, pero nunca traspasaban su corazón hasta herirlo de muerte.
Toda una vida vivida a través de los ojos de sus hijos. Una renuncia perpetua “en primera persona”. Un Océano de amor incorruptible materializado en el brillo de unos ojos que se marchitan con los años.
Eternamente Madre, siempre a nuestro lado aunque su intervalo de vida expire. Somos lo que vivimos y amamos como nos enseñaron. La Naturaleza es sabia y su legado eterno. Gracias Mamá.
José María Donate
Hijo

Y yo que pensaba que lo del día de la madre era todo cosa de El Corte Inglés ;)
ResponderEliminarMe estoy volviendo un adicto de tus artículos.
Como dice la canción..No pares, sigue, sigue...